
05 Feb Volver a la tierra, un regalo del Acuerdo de Paz
Volver a la tierra, un regalo del Acuerdo de Paz
Julio César llevaba 24 años separado de su familia, quienes ya lo daban por muerto, pero buscar a su hermana por Facebook fue tocar la puerta para el reencuentro. Desde las montañas del Catatumbo, en Tibú, envió una señal de vida hasta las sabanas del Vichada, en Cumaribo, el municipio que lo había visto que crecer. “Pongan el nombre de mi hermana a ver si sale”, les dijo a unos universitarios del Valle que le estaban ayudando con la hazaña.
Pusieron el nombre de la primera, pero no apareció. Dio el nombre de la segunda hermana, que trabajaba con adultos mayores en Cumaribo, y por ese lado sí fue. “Yo les dije a los muchachos, díganle que soy Julio César y que necesito urgente un favor, que si me puede enviar mi registro civil para el tema de la cedulación”.
Luego de la firma del Acuerdo de Paz vino un paso determinante para los hombres y mujeres que se comprometieron con Colombia y dejaron las armas: tener cédula. Era el 2017 y desde el Espacio Territorial de Reincorporación y Capacitación Caño Indio, en tierras catatumberas, Julio César era uno de esos hombres que aguardaba por un documento que ratificara su ciudadanía y una nueva vida desde el mundo civil.
Duraron todo el día a la espera del mensaje de respuesta, pero cuando este llegó la duda asaltaba. “Ella pidió datos, que dónde estaba, que cómo era, que le mandáramos fotos para ella cerciorarse bien de que era yo”. Las fotos, entonces, viajaron de lado y lado. Fabiola, que recibía estos chats con emoción e incredulidad desde Cumaribo, verificó que quien le escribía sí era su hermano, ese que se fue a los 20 años para la organización; y luego, con la certeza de reconocerlo, le envió fotos a Julio César para que se acercara, al menos desde la virtualidad, a los rostros que dejó de ver en el 94, cuando ingresó al frente 16 del Bloque Oriental de las FARC-EP.
Eso fue increíble, ellos no creían que era yo, ellos ya me hacían muerto. Me sentí muy contento, porque era mi hermana y yo sabía que ella me iba a dar razón del resto de mi familia. Y ella también contenta, ¡que yo había aparecido! ¡que yo había aparecido! Nos hicimos al número del celular y pude llamar también. Un amigo me prestaba el teléfono y todos los días nos comunicábamos hasta que nos reencontramos
El primer reencuentro fue allá en Caño Indio. Sus dos hermanas, las dos únicas que le quedan vivas, de 12 hijas e hijos que conformaban la familia, viajaron hasta el Catatumbo para abrazar la ilusión que llegó por un mensaje de Facebook. Al tiempo regresaron, pero para llevárselo de vuelta a casa.
Julio César ya tenía arraigo, camaradas y tareas en el Catatumbo, montañas por las que anduvo desde el 2000 cuando lo trasladaron para allá. Pero le faltaba algo: su tierra y su familia.
“Había un poco de tareas para seguir cumpliendo. Yo estaba un poco confundido, y yo decía: si me voy a hacerlas me quedo. A lo último yo decidí venirme. Hablé con los líderes de la zona [del ETCR] y dije: yo me voy ya, aquí no hay nada que hacer. Arranco”.
Y regresó a las sabanas vichadenses.
Hace 5 años, cuando Julio César volvió a entrar a la que fue su casa, su mamá y su papá aún estaban en la finca. Cuando entraron la sorpresa y la alegría engalanaron tal momento. “Eso fue un abrazo de muchos años, ellos no creían. Yo también los miré y dije: estos son mis papás, no son otros, son ellos”. Habían pasado 24 años.
Su llegada era el anhelo de más reencuentros, o al menos verdades, pero él no tenía las respuestas. “Me preguntaron mucho por los otros, pero no tengo información de todos, pero no se sabe nada de ellos. A la organización nos fuimos 5 hermanos, y de todos esos hermanos míos, el único que sobrevivió a la guerra fui yo”. Al menos uno volvió a contar la historia y a labrar la tierra, como es la práctica familiar.
Entonces, al preguntarle a Julio César por lo que le ha significado para él la firma del acuerdo de paz, él responde: “me dio la oportunidad de volver a la tierra, y volver a reintegrarme con mis amistades, con algunos que ya no estaban pues fue lamentable, y otros que sí estaban todavía y pues principalmente con mis padres. Todos contentos, todo mundo sorprendido, porque aquí todo el mundo me conoce. Lo segundo, pues he estado apoyando el partido con lo que he podido, yo siempre he pertenecido al partido y ya desde cualquier parte podemos estar trabajando, sin tener ese temor como de que nos sigan como maltratando, no, ya libremente hemos podido trabajar y apoyar la causa, porque esto no ha terminado y tengo fe de que poco a poco se le dará cumplimiento a muchas cosas de lo que tenemos planteado en los documentos y pues eso es como lo más importante, trabajar libremente desde cualquier parte y estar con toda la gente”.
Es así que para Julio César amor, familia y trabajo son una triada perfecta que le regaló su firma en el 2016. Hace 3 años decidió construir una vida colectiva junto a Dilcia, su esposa, a quien conoció en Cumaribo tras su llegada, y es con ella, como equipo, que aran la tierra como se siembra esperanza para el futuro.
Julio César y Dilcia madrugan todos los días al cuidado de la finca, los cultivos, los animales y de la mamá y el papá de Julio. Viven los 4 en una casa grande, como él la describe. “Ya son adultos mayores, nosotros somos los encargados de velar por ellos. Entonces, no puedo descuidarme ahí, porque eso es lo más importante en este momento”.
A las 5 de la mañana toman café en compañía para luego repartirse las funciones. Dilcia se encarga de las labores de la casa, de la comida de los cerdos y de los 200 pollos, “vamos a ver si nos levantamos un proyecto de gallinas ponedoras”, dice Julio como programándose. Él, por su parte, es el guardián de los cultivos, de los suyos y los de su papá. Su proyecto productivo, ese que montó con el dinero que le otorgaron para favorecer su reincorporación económica, está en 3000 matas de Cacao, y unas tantas ya están produciendo. Pero a su finca, que es el esfuerzo familiar, han llegado otras oportunidades, así que en total custodia, además del cacao, casi 4000 matas de plátano y 400 árboles de abarco maderable.
Y como el trabajo político “libremente”, como él lo llamó, fue otra de las fortunas que le trajo el acuerdo de paz, Julio César se unió a una comuna del partido Comunes desde la cual ha estado profesando por la paz.
Eso es como cuando uno estaba en la organización, es una tarea individual de cada uno, por donde vaya, por donde esté, eso tiene que ser como de cada uno de nosotros, charlar con la gente y explicando las políticas nuestras. Ahorita tenemos una comuna, somos afiliados, entonces desde ahí estamos apostándole al partido. Hemos podido vincular a otras personas, que de pronto no creían en ese tipo de organización y ahora se han dado cuenta de lo que verdaderamente somos, ya creen.
De pasar de no creer a creer Julio César sabe por experiencia propia, porque antes del 2016, él no veía posible la negociación. “Como ya habíamos estado con los acuerdos de Pastrana y no se dio, yo era una de las personas que la verdad, no creía en ese acuerdo de paz. Yo sabía que por una mesa de diálogo iba a ser la solución de los problemas que tiene el país, pero con ese gobierno que se acordaron los acuerdos, pues no pensaba que con Santos fuera a resultar.. Todo lo que se iba logrando en temas de acuerdos pues nos iba llegando, todos esos documentos fueron discutidos en las unidades y sacábamos nuestras propias conclusiones. Y la verdad yo no creía en él”. Y es que esa incredulidad no estuvo lejos de la realidad, porque, como él también lo asegura, “hacen falta muchas cosas, le han puestos trabas los gobiernos anteriores”.
Pero a pesar de las amarguras e incumplimientos que ha tenido el acuerdo, hay un tema en particular que despierta la sensibilidad de Julio César y que al preguntarle por lo más difícil de estos años es lo que relata:
“Algo que no se me olvida de habernos venido de allá fue haber compartido con muchos amigos, camaradas. Algunos quedaron por ahí, murieron en el combate, unos en unas partes, otros en otros lados y los familiares pues no saben dónde están y qué les pasó. Haberse quedado por allá en esos rincones que quién sabe quién entrará a buscarlos, pues eso a mi me duele bastante, demasiado, y uno sin poder hacer nada. Todos tenemos familia y me imagino que todavía estarán sufriendo, estarán buscando a sus hijos todavía, pero la guerra fue así, en muchas partes quedaron muchachos, muchachas, eso me duele siempre”.
Entonces, lo mejor y lo más difícil de su reincorporación se encuentran en lo mismo: la fortuna de volver a abrazar a su familia, por un lado, y las tantas madres que, a diferencia de la suya, no volvieron a abrazar a sus camaradas.
—Julio, ¿para usted qué es la paz y cómo se construye?
— Para mí la paz es vivir tranquilo, sin tener temor de nada, podernos expresar libremente, trabajar libremente y pues construir paz es, digamos, el ejemplo de hacer las cosas bien, sin perjudicar a nadie y que todo el mundo quede tranquilo y contento.
Julio César Salgado, que se ríe al hablar del bolegancho, el trago destilado tradicional del Catatumbo, tiene ya 51 años. Este campesino, que se fue a la mata con las lecciones de arar la tierra que le enseñó su papá, esas que afinó en la organización, porque sus manos sembraron yuca y plátano por allá, regresó a gozar de la agricultura en tiempos de paz, en su tierra, en su finca, en su hogar. “Aquí todos los días toca trabajar y ahí la he pasado, contento. Tengo trabajito, gracias a Dios, y para el otro año se viene la siembra de Cacao, unas 4000”, concluye Julio orgulloso.
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